Decía Aristóteles que la perfección se encontraba en el término medio. Lo cual no debe ser falso si nos atenemos a lo que los romanos también afirmaban por medio de su conocido aforismo “aurea mediocritas”. Con el cual venían a expresar al igual que el pensador griego, que la virtud siempre se halla en la equidistancia entre los extremos, en un punto medio.
La política como realidad social viva, no es ajena a esto, y habitualmente suele escucharse, en Europa principalmente, como el centro suele ser el objetivo ideal en política, en aras de pescar votos entre el electorado de izquierda y derecha. Que además, resulta ser el sector indeciso en casi todas las elecciones.
En España, huérfanos de partidos que hayan logrado echar anclas en dicho caladero electoral, solemos fijarnos y admirar a aquellos políticos que pese a su pertenencia a un partido bien de izquierda, o bien de derecha, suelen posicionarse en algunos temas, en posturas cercanas a partidos ideológicamente opuestos.
Un claro ejemplo de esto, es (¿o era?) Alberto Ruíz-Gallardón. Desde su pronta y exitosa andadura en el Partido Popular, siempre se le percibió como una persona moderada, y ejemplo de centrismo dentro de su partido. Fue de las pocas voces que públicamente realizó una auto-crítica después de la derrota electoral de 2004.
Desde sus cargos como presidente de la Comunidad de Madrid y posteriormente como alcalde de Madrid, el ahora Ministro de Justicia siempre se postuló como ministrable en los diferentes gobiernos populares.